De puntos y seguidos

Septiembre. Una palabra que da muchísimo vértigo y causa estragos y pesadillas.

Para muchos significa volver al horror de la rutina, de los gritos en la oficina y los dolores de cabeza por llegar a fin de mes. Para mí, sinceramente, siempre ha sido la oportunidad de volver a empezar, un nuevo año como si del mismísimo uno de enero se tratara.

Y es que, a pesar de que hace tiempo que acabó mi etapa estudiantil, mis años siguen empezando el 1 de septiembre y terminando el 31 de agosto.

Cuando hablo de volver a empezar, no me refiero a dejar todo atrás o convertirme en una persona completamente nueva. No empiezo desde cero, lo hago desde mi versión actual, que no sé si está al 20% o al 90% de lo que quiero ser, pero, desde luego, no soy una pizarra en blanco y, creo, cada año estoy más inmerso en cómo quiero vivir.

En el último post que dejé por aquí, éste, le hablaba a mi yo opositor, ese que se estaba pasando 6 o 7 horas estudiando cada día y estaba a punto de enfrentarse a una serie de exámenes tremendamente importantes para su futuro. Quizá tengas curiosidad por saber cómo me fue: no logré la ansiada plaza.

Tranquilo/a, no me imagines llorando en un rincón, condenando mi desdicha. Cada día que pasa y me voy alejando de todo lo que pasó, valoro más positivamente todo lo que viví e hice. No logré la plaza, pero te gustará saber que aprobé con nota, que superé cada prueba de mejor forma que la anterior y culminé todo este proceso con una presentación oral que me supuso un 9,4 y los ánimos por las nubes.

Si te has pasado alguna vez por aquí, quizá te hayas dado cuenta de que siempre me ha aterrado dar charlas en público, así que fíjate lo que ha supuesto esa nota para mí.

Me he esforzado, he aplicado toda mi capacidad y, aunque no he conseguido el objetivo final, el camino me ha dado tanto que ha valido igualmente la pena.

Por eso hablo de puntos y seguidos. Septiembre empieza y, con él, parece que tenemos que dar un giro radical a lo que somos, no nos damos cuenta de que la vida es un continuo que empieza cada día, que partimos de unos cimientos que nos ayudan en el presente y en el futuro.

En mí, esos cimientos de los que hablo han ganado una cosa fundamental estos meses atrás: confianza.

Confianza en que suspender unas oposiciones no son una losa que me acompañará toda la vida, sino que soy capaz de conseguirlo y, por el camino, me llevaré una serie de aprendizajes que me harán mejor maestro, mejor persona. Y es que había tantas cosas en este proceso que habían salido mal otras veces, que llegué a pensar que el problema era yo, que esto no era lo mío y debía buscar otros caminos. Pero a veces solo hace falta una mente sana (que no es poco) para conseguir lo que uno se propone.

Confianza en que este año volveré, por fin, a terminar una novela. Esto para mí será fundamental, pues llevo ya más de un año con una poca confianza en mí mismo brutal a nivel escritoril. Pero es algo que, muy poco a poco, he ido recuperando estos últimos meses, en los que he vuelto a escribir y, sobre todo, divertirme haciéndolo. Sé que la luz al final del túnel está muy cerca y eso me da una paz interna que hacía tiempo no sentía.

Acabo ya. Tengo la impresión de que se avecinan cosas buenas. Aunque según escribo esto no tengo la más remota idea de qué va a ser de mí, de cuándo voy a empezar a trabajar este curso y, sobre todo, dónde voy a hacerlo. Sé que vienen meses inciertos, pero, a la vez, buenos, pues las cartas que tengo puestas sobre la mesa son cada vez mejores y, caiga como caiga el azar, creo que estoy preparado.

Espero que, de verdad, sea así. Y, aunque no lo fuera, creo que mentalmente estoy preparado para navegar contra vientos y mareas y dar lo mejor de mí. Así que, bienvenido, septiembre, bienvenido, año nuevo.

¿Y tú? Cuéntame, ¿qué expectativas tienes de este nuevo curso?

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