Minimalismo material

Tengo muy poca memoria.

He de reconocerlo, es uno de mis mayores males. Probablemente, si me preguntas por una conversación que tuvimos hace un par de meses no sabré de qué me estás hablando o si lo haces por aquello que hice el sábado pasado omitiré gran parte de los detalles. No porque no quiera contarlos, es que, simplemente, no los recuerdo.

No es que no preste atención a las cosas. Si me cuentas algo, no habrá nadie que te escuche mejor que yo, pero no te prometo recordarlo al día siguiente, por mucho que me esfuerce.

Esta mala memoria me ha hecho pensar mucho en aquello que recordaré cuando tenga 80 años. Si llego, claro, que entre pandemias, volcanes y guerras, parece que la cosa se está poniendo cuesta arriba.

Y es que tal vez no recuerde aquella conversación que tuvimos hace 10 años, pero sí aquella puesta de Sol que vivimos juntos en Finisterre, el paseo por un bosque de Asturias, una sesión de cine con palomitas, aquel musical de mi película favorita, el concierto en el que cantamos bien alto o cómo intentábamos resolver los enigmas más misteriosos de un escape room.

Tal vez no recuerde algo que, a simple vista, parece muy importante, pero sí lo hago con aquello que parece más banal, aquello que no se puede catalogar y, simplemente, son momentos.

¿Cuánto vale algo así? A veces es gratis y, ni tan siquiera siendo de ese modo, vamos a buscarlo. Nos dejamos un dineral en objetos con presunto valor de cara a la galería, gastamos lo que tenemos y lo que no para comprar un casa bien grande que no cabrá en nuestra tumba; un móvil carísimo que, por mucho que lo intentes, no hace magia, es igual que los demás; ropa que jamás nos pondremos; un bolso hecho de diamantes; y un coche que nos lleve a la manzana de al lado.

Lo pienso a cada instante. Cuando tenga mil arrugas en la frente y no me queden pelos en la calva, ¿cuántas de esas cosas recordaré haber tenido? ¿Qué cosas me habrán aportado? ¿En qué pensaré si quiero buscar un recuerdo feliz? ¿En el cadena de oro que dejé olvidada hace décadas en un cajón? ¿En aquel abrigo que me sentaba de puta madre, pero solo me puse dos veces? ¿En las grandes posibilidades de elección que tenía cuando abría el armario de los zapatos? Lo dudo mucho.

Creo que muchos de nuestros deseos y caprichos rozan lo absurdo, que nos centramos demasiado en aquello que poseemos que en lo que vivimos. Y lo peor:

Valoramos demasiado a las personas por lo que tienen y no por lo que son.

Si tú y yo nos conocemos en alguna ocasión (ojalá que sí), probablemente olvide al instante el color de tu camiseta, pero recordaré durante años si me caíste bien o no, si nos reímos a carcajadas o me hiciste sentir mal. Te recordaré por lo que me hiciste sentir, no porque tenías un reloj de plata o porque eras abogado en no sé dónde.

Y es que las posesiones vienen y van, pero los sentimientos y las emociones se pegan a la piel, se quedan con nosotros siempre, por eso son más fáciles de recordar.

Cada vez tengo más claro que quiero cargar mi memoria de experiencias, de esas que te hacen sentir que estás viviendo un momento único, de esas que recuerdas con una sonrisa en los labios, de las que deseas repetir una y otra vez, aunque sea evocándolas, aunque sea a través de imágenes en tu mente. Con el paso de los años, estoy entendiendo que un simple objeto no me aporta nada si no va asociado a una emoción, si no va a perdurar conmigo en el tiempo, si no quedará en mi memoria hasta segundos antes de mi muerte.

¿Hasta cuándo recordaré aquel paseo por la playa viendo atardecer? ¿Hasta cuando tendré presente aquel viaje por carretera en el que canté tantas canciones? ¿Hasta cuando permanecerá en mis recuerdos estar leyendo junto al fuego? Siempre, lo hará siempre. Y es que hasta el momento más pequeño, si va acompañado de una emoción, puede permanecer siempre.

«Siempre» parece una palabra muy grande cuando hoy en día todo tiene fecha de caducidad.

Pero aquello que permanece en el corazón, aquello que uno vive y no simplemente tiene, no caduca.

Es y será eterno.

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