Ansiedad y redes sociales

Me faltan dedos de la mano para contar las veces que he querido quitarme las redes sociales.

Lo he hecho muchas veces completamente hastiado, preguntándome qué me aportan, sobrevolando con el dedo el botón de «borrar perfil» y diciéndome a mí mismo que, bueno, no están tan mal, que simplemente tengo que cambiar la perspectiva que tengo respecto a ellas.

Y que, al fin y al cabo, me vienen bien para estar en contacto contigo, para mostrar mi contenido, los cachitos de mí que muestro al mundo y que, oye, me gusta que leas.

Pero me causan ansiedad, mucha, muchísima. Twitter, por ejemplo, es ese lugar donde la mitad de la gente está cabreada y la otra mitad te cuenta lo que está haciendo mientras que tú estás parado. Twitter es, para mí, una constante comparación en la que siempre me quedo atrás y parece que voy con la lengua fuera, completamente angustiado porque veo que todo el mundo produce menos yo.

Producir… Vivimos en un mundo en el que tenemos que producir constantemente y luego contarlo. Antes, supongo, la gente producía más o menos lo mismo, o no, no lo sé. Sea como sea, no te enterabas de lo que hacía una persona similar a ti a 500 km de distancia y bueno, eso ayuda un poquito a no compararte con los demás e ir al ritmo en el que te sientas bien, no al que te marcan los demás.

Pero bueno, esa es otra historia, y de ella quizá hable otro día.

Luego está Instagram, ese lugar en que todo el mundo es feliz y hace cosas maravillosas y espectaculares y te hace preguntarte constantemente por qué tu vida no es tan guay como la de los demás. Luego te dices mil y una veces que nada de lo que pasa en esa red social es real, que todos fingen y muestran solo lo que quieren mostrar, que blanquean sus vidas y ocultan las cosas malas.

Pero, en ese momento, resuena esa voz dentro de ti que dice que, ni siquiera blanqueando tu vida, llega a ser tan interesante como para mostrarla todo el tiempo.

Y entonces te das cuenta de que nunca conseguirás tantos likes como esperabas, que eso que pensabas que iba a tener un éxito inmenso, en realidad no le importa a casi nadie.

Y me jode, la verdad, porque yo estoy a gusto con mi vida y no necesito mostrarla ni considerarla interesante para que me guste. Ni siquiera necesito que un puñado de likes me suban la autoestima. Pero, volvemos a lo mismo que con Twitter, Instagram es una comparación perpetua en la que siempre salgo perdiendo. Y ahí está verdaderamente el problema: en la comparación.

Lo peor es que lo hacemos con personas completamente ajenas a nosotros y nosotras, que no nos deberían importar lo más mínimo y de las cuales, tal vez, apenas sepamos un uno por ciento de sus vidas. Probablemente, si hiciésemos una comparación real, saldríamos ganando contra muchas de ellas.

Si me paro a pensarlo, no sé realmente cuánto bien me aportan las redes sociales. He conocido a personas maravillosas a través de ellas y, probablemente, por eso las mantengo, porque son un medio de contacto que, de otra manera, sería imposible establecer, de estar al tanto de personas que, aunque estén lejos, me importan y me gusta saber de ellas. Pero, por otro lado, es tanto el veneno que contienen que, a veces, me es imposible no querer bajarme de ese mundo y aislarme cual ermitaño digital, vivir un mundo en el que estoy más pendiente de mí y no de los demás.

Lo cual debería hacer esté o no en el mundo de las redes sociales.

Es difícil. Las redes sociales son como el tabaco: no aporta nada, pero te engancha. Fumas para quitarte la ansiedad que te provoca no fumar. Sabes que te hace daño, pero aún así calas y el placer que sientes es inmenso.

No fumo, pero así lo entiendo desde fuera.

En fin, insisto en que supongo que es cuestión de hacerme unas redes sociales más a mi medida y cambiar mi mentalidad a la hora de enfrentarme a ellas, que deje de afectarme esa comparación de la que hablaba y entender que mi camino lo voy a construir yo y nadie más, a mi propio ritmo y a mi manera, que nada va a cambiar ver un cuerpo perfecto en Instagram o que alguien diga en Twitter que ha escrito veinte mil palabras en dos horas.

Yo soy yo y mis circunstancias, y eso es algo que ninguna red social va a mostrar.

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