Relato de un orgulloso introvertido

A lo largo de mi vida se me ha etiquetado de muchas maneras. Por mis oídos han pasado palabras como creativo, empollón, serio, amable, educado, risueño, chulo, callado, soso e incluso bobo, pero aquella que más he escuchado durante mi existencia es tímido.

Lo cierto es que no acabo de estar del todo cómodo cuando estoy con mucha gente en un ambiente social. Nunca me escucharás contar una anécdota en una cena o dándolo todo en una discoteca, bailando con todo aquello que se mueva. Me siento mejor un sábado noche tranquilito en casa que en la típica cena a la que te invitan sin conocer a gran parte de la mesa y en la que no entiendes qué demonios haces allí. De hecho, la mayoría de veces aguanto para no resultar grosero y marcharme pronto. Si fuera por mí, cenaría y me marcharía para poder estar con mis cosas.

Tampoco me imagines teniendo conversaciones triviales, de estas que no van a ninguna parte y solo tienen como objetivo charlar. Hablar por hablar, dicen. Lo cierto es que no he entendido nunca a aquellas personas que se sientan en la barra de un bar y se ponen a hablar con el camarero o con el que está sentado al lado. Lo que me sucede durante el día solo lo conocen unos pocos, casi me aburro a mí mismo contándolo.

No me fascina la idea de conocer gente un sábado noche (o cualquier ambiente de fiesta). Supongo que esto va ligado a lo anterior, tener un altavoz a toda potencia al lado no parece ser lo idóneo para tener una conversación profunda y no me apetece lo más mínimo hilar frases banales. Esto también lo puedo hilar con que disfruto mucho más una conversación a dos que en grupo. En una situación de grupo me paso mucho más tiempo observando y ensimismado en mis pensamientos que en ser partícipe de la conversación que esté teniendo lugar. Creo que solo me conocen bien aquellos que me han tenido en la intimidad, con quienes he conversado de verdad. En eso gano.

Todo esto viene a colación de que poquísimas veces alguien me ha tildado de introvertido, y quien lo ha hecho ha sido de manera más bien despectiva. Vivimos en una sociedad en la que parece que para ser una persona enrollada y guay tienes que tener un desparpajo increíble, charlar por los cuatro codos y ser el rey de todas las fiestas. Si no, ya eres el tímido, el callado, el soso.

No me considero una persona tímida, sino introvertida. Una persona tímida es alguien que quiere relacionarse con la gente y no puede, mientras que una introvertida es una que puede relacionarse con la gente y no quiere. A mí me gusta estar solo, disfruto de estar ensimismado en mis pensamientos, soñando con el futuro, analizando el pasado o, simplemente, disfrutando del tiempo presente. Adoro estar en mi habitación leyendo un buen libro, escribiendo o viendo una película, escuchar música o tocando la guitarra. Puedo pasarme horas y horas solo y no echo de menos socializar, no lo necesito, no me atrae, me gusta mi soledad, la sensación de disfrutar de mí mismo. Eso no quita que pueda relacionarme con la gente sin problemas, que pueda disfrutar de un sábado noche en un pub o tomarme unas cervezas con amigos, pero casi siempre voy a elegir estar conmigo mismo. Tengo las habilidades sociales, pero la mayoría de veces se me hace cuesta arriba usarlas.

Y lo cierto es que estoy cansado de renegar de la introversión, me gusta, estoy orgulloso, estoy harto de que se etiquete esta manera de ser como algo negativo. Durante años me he juzgado a mí mismo de manera negativa por no tener especial ganas de conocer gente nueva o por preferir pasar un sábado noche en casa que de fiesta, cada vez que alguien me tildaba de tímido asentía cabizbajo y casi hasta pedía perdón por serlo.

Y mira no, me niego, podría pasarme horas charlando con quien sea, pero es que no me apetece. Lo siento, soy así, no me juzgues.

Estoy contento con mi manera de ser porque, al fin y al cabo, qué aburrido sería el mundo si todos fuéramos iguales. Estoy contento porque disfruto estando solo, lo cual es muy difícil para muchísimas personas; porque creo que la introversión me da una calma y paciencia única a la hora de analizar las cosas; porque soy capaz de ver y fijarme en cosas que los demás pasan por alto; porque creo que esto me hace ser una persona más creativa que el resto; porque creo que la gente introvertida escuchamos de una manera especial.

Y joder, me gusta tener estas cualidades, o al menos acercarme a ellas.

De verdad, me encantaría que, si alguna vez tildas a alguna persona de tímida, pienses por un momento si es tímida de verdad o introvertida, si ha elegido estar callada o intenta hablar y no puede. Incluso así, piensa por un momento si es adecuado señalarla como tal. Las personas tímidas ya saben que lo son, y creo que ponerles la etiqueta, sobre todo en público, no hace más que acentuar su “problema”.

Y es que ojalá algún día dejáramos de juzgar a la gente sin conocerla de verdad.

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