La inseguridad tras la perfección

Ha pasado ya año y medio desde que publiqué La chica de las mariposas y, desde entonces, no he escrito ningún libro desde 0 hasta el final. Por eso, tal vez, tenía la certeza de que durante todo este tiempo apenas había escrito, de que había gastado mi tiempo en otras cosas o, directamente, tenía tantas otras cosas que hacer que no había dedicado tiempo a mis hobbies, a aquellas cosas que verdaderamente me gustan.

Pero esta semana estuve revisando los manuscritos que tengo empezados desde 2019 y cual fue mi sorpresa cuando descubrí que eran algunos más de los que yo creía.

Escritos que yacían abandonados, cogiendo polvo entre las carpetas de mi ordenador, esperando a ser retomados de nuevo y tomar ese último aliento que les llevara a meta, a ser algo más que unas cuantas palabras mal juntadas sin verso ni nombre. Textos de los que ya me había olvidado aun habiendo pasado menos de un año desde que los había empezado.

Me di cuenta entonces de que había sido un año super provechoso en cuanto a la escritura. Había empezado dos novelas, una se quedó parada en 120 páginas y otra en 80, también escribí un relato de unas 40 páginas y reescribí una historia que pasa de las 200. Este año, además, he empezado otro manuscrito que ya sobrepasa las 20 páginas. Todo eso mientras estoy en un trabajo que me gusta, pero que me quita más horas de las que desearía.

¿Qué sucede entonces? ¿Qué vengo a contaros?

Que nada me convence, que más de 400 páginas escritas después de La chica de las mariposas, solo me enorgullezco de la novela reescrita (y mucho) y la única certeza que tengo es que solo tengo dudas. Acabo dejando los proyectos a medias porque les veo mil lagunas y agujeros de trama, otras tantas palabras que no casan y personajes planos que no saben hablar con su propia voz, ya ni siquiera sé qué estilo de novela quiero escribir, cuál encaja mejor en lo que soy, en lo que quiero contar.

Soy una montaña rusa de emociones. Tan pronto estoy convencido de que lo que estoy escribiendo es lo mejor que he escrito nunca como, al instante siguiente, me doy cuenta de que es pura basura que no tiene sentido. Tan pronto veo absoluta claridad sobre cómo deben ser las próximas 500 páginas como, en un segundo, no veo más que oscuridad de la que apenas consigo escapar.

A esto que me sucede ya no sé siquiera si se le puede llamar síndrome del impostor. No creo, yo no pienso en aquello de que soy un farsante en el mundo de la escritura. Yo lo llamaría inseguridad detrás del perfeccionismo.

Perfeccionismo al pretender que lo próximo que escriba sea mejor que La chica de las mariposas, que cada frase, cada palabra encaje a la perfección y sea la mejor novela escrita en años, que haya un aluvión de críticas positivas y el público se emocione con lo que he escrito, que me coreen por las calles y me invite el presidente a tomar café por haber escrito algo tan excepcional.

Inseguridad ante la expectativa de que esas frases, esas palabras quizá las lea al menos una persona y no consiga ni la mitad de lo que sueño. Provocar indiferencia ante los lectores y que abandonen la novela, que se aburran tanto que se les haga cuesta arriba cambiar de página y que se den cuenta de todas las incoherencias que me olvidado de remediar. Que piensen que lo mío fue flor de un día y que más vale que deje de escribir. “¿De verdad ha creído por un instante que era escritor? Pobrecito.”

Escribí La chica de las mariposas con toda la calma del mundo. Tardé tres años, tiempo de sobra para pensarme cada frase, revisar cada detalle, hacer que cada línea fuera perfecta y me hiciera enorgullecerme de ella. No tenía ninguna presión. Si salía bien, perfecto, mi sueño era publicar y lo iba a ver realizado. Si salía mal, bueno, no pasa nada, iba a continuar trabajando para que lo próximo fuera mejor, para que alguien valorase mi escritura.

Pues ahora ya se ha valorado, ahora ya hay gente que tiene una cierta expectativa de mí, ahora ya se espera algo de mí, aunque sea una persona en el último rincón del mundo. Ahora ya no puedo escribir cualquier cosa, no me puedo permitir que esa frase esté bien pero no acabe de emocionar del todo, que a ese personaje le falte algo para acabar de ser creíble, que ese capítulo no acabe de ser convincente, que pueda mejorarlo.

No me puedo permitir fallar a mí lector.

O tal vez no me puedo permitir fallarme a mí mismo.

¿Quién es más exigente de los dos?

Pasa todo el tiempo, a cada momento pretendes hacerlo perfecto porque tú mismo tienes una expectativa sobre ti, por la inseguridad. Eres tan inseguro que piensas que cada frase te sale mal o se puede mejorar, y la revisas y la cambias, y días después la lees y la vuelves a cambiar, y un mes después vuelves a la historia y te das cuenta de que eso que has cambiado no vale una mierda, no está perfecto, se puede mejorar.

Buscas la perfección porque solo algo perfecto aliviaría la carga de inseguridad que tienes encima.

Pero es imposible alcanzar la perfección.

Dejo los proyectos a medias porque nada me gusta, porque nada me parece lo suficientemente bueno, porque solo busco y veo los fallos y cierro los ojos ante aquello a lo que se puede sacar partido. Antes escribía con presión y ahora con demasiada, y ni siquiera acabo de entender por qué.

Encima pienso que no hay tiempo, que ya estoy tardando en publicar una nueva novela, que un año y medio es demasiado y el mundo entero me ha olvidado. ¿Javier Martínez? ¿Quién es ese? Ah sí, ese que es un “one hit band”, ¿no? Vivimos en una época en la que más vale publicar rápido y mal que no hacerlo, en la sociedad del consumo rápido, del tragarse una serie en un día sin darse el placer de masticarla. De olvidarla al día siguiente porque ya hay una nueva. Igual pasa con los libros.

No sé exactamente adónde quiero llegar con esta reflexión, solo quería expresar mi frustración por tener tanto proyecto empezado y no ser capaz de que me guste totalmente alguno, de terminarlos. Tampoco sé cómo acabar con esto, cómo permitirme escribir tranquilo sin pensar en el qué dirán, en si esta escena va a gustar o no, en qué pensará el lector cuando lea mi historia.

Está bien pensar en el lector, pero un escritor debería escribir, ante todo, para sí mismo.

Quizá sea esa la clave para aliviar tensiones, tener la certeza de que la única persona a la que le debe gustar mi historia es a mí mismo.

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